lunes, 14 de septiembre de 2020

El nombre de Dios: una novela más allá de la batalla de Guadalete

Pues por fin ha llegado a las librerías El nombre de Dios (Ediciones B - Megustaleer), y creo que ha llegado el momento de compartir algunas pinceladas sobre lo que podéis esperar de ella.


Siempre me han gustado las épocas de transición, repletas de desafíos y de incertidumbre, y en El Nombre de Dios he permanecido fiel a esta idea. Esta vez, la acción nos sitúa en la península Ibérica a inicios del siglo VIII, cuando, tras el desembarco de los bereberes de Tariq ibn Ziyab (o no, el que quiera que lea la extensa nota histórica de la novela), enviados por el gobernador de Ifriquiya, Musa ibn Nusayr, se produce una gran batalla (o al menos la más relevante) en en algún lugar cercano al cauce del río Guadalete. Un momento fundamental de nuestra historia, pues se comienza a gestar un cambio sustancial en la hasta entonces herencia romana (y germánica, muy influenciada por aquella) del territorio peninsular.

Muchos estudiamos en algún momento, bien en el colegio o bien en el instituto, que en dicha batalla se selló el destino del reino visigodo, pues en ella, las tropas de Rodrigo, o Roderico, último rey de Toledo (que no visigodo) son barridas por los extranjeros. Pero poco más se habla sobre el tema, porque enseguida se suele "saltar" a la "batalla" de Covadonga, que ocurrió once años más tarde. Lógico por otro lado, pues no existen fuentes contemporáneas al año 711 en el territorio peninsular, y debemos buscar la primera de ellas ya en el año 754, con la crónica mozárabe, o incluso posteriores en el caso de fuentes musulmanas, lo que enmaraña aún más el propósito de sumergirse en esta época tan fascinante. 

Pues justamente este punto, la derrota visigoda del Guadalete, se convierte en el "pistoletazo de salida" para las aventuras narradas en El nombre de Dios. A partir de ahí, el desarrollo de la trama nos llevará por buena parte de la geografía de un reino visigodo en descomposición durante la década siguiente.

Así, todo cambiará para quienes vivían entonces en esos territorios, pero lo mismo ocurrirá para quienes llegan por primera vez. Durante este tiempo, conoceremos las aventuras y desventuras de hombres y mujeres de muy distinto origen: nobles, plebeyos, hispanogodos, bereberes, árabes, francos... personajes ficticios como Ademar, Ragnarico, Argimiro, Elvia, Witerico, Ingunda, Hermigio, o Yussuf ibn Tabbit, que se entremezclan con otros históricos, como Roderico (o Rodrigo, que no fue el último rey visigodo), Tariq ibn Ziyab, Musa ibn Nusayr, Sinderedo (obispo metropolitano de Toletum), Agila II o Ardo, este sí, último rey visigodo.

Esta, mi cuarta novela, he querido abordarla de forma diferente a como lo hice con Las cenizas de Hispania. Me encanta la narración en primera persona, que permite crear personajes con los que resulta fácil empatizar, personajes carismáticos como mi tan querido Attax; pero, en esta ocasión, la historia que tenía en mente me pedía algo diferente: necesitaba múltiples puntos de vista que me permitieran desgranar la acción desde la perspectiva de cada uno de los personajes implicados, a los que acompañaremos en un periplo lleno de dificultades.

Y lo que empezó como un "y por qué no lo intento", terminó en más de seiscientas páginas de novela y año y medio de intenso trabajo. 

Una época convulsa en la que las aventuras y desventuras se suceden sin descanso a lo largo de las más de seiscientas páginas de la novela. 

¡Feliz aventura!


 

jueves, 23 de julio de 2020

En breve: El nombre de Dios

Lo que empezó como un entretenimiento, se va transformando, poco a poco, en un sueño. Si el año pasado Ediciones B, del Grupo Random Penguin House, apostó fuerte por la trilogía de "Las Cenizas de Hispania", este año, también tenemos novedades. 

El "Nombre de Dios" será mi cuarta novela publicada, como las anteriores, por Ediciones B, del Grupo Penguin Random House, y estará a la venta a partir del próximo 3 de septiembre. En papel y en digital, en tu librería, en plataformas web o como prefieras.

Aquí os dejo la portada (ha quedado chulísima, como siempre), la sinopsis, y el enlace a la página web de Megustaleer (Penguin Random House).

Pues hasta el próximo 3 de septiembre, si no lo habéis hecho todavía, tenéis tiempo para apurar las aventuras de Attax.

¡Feliz verano, y mucha salud!

El nombre de Dios
"Cuenta la leyenda que el rey Salomón mandó construir un objeto en el que dejaría escrito todo el conocimiento del mundo: una mesa plagada de oro y joyas capaz de colmar con su poder la ambición de quien la poseyera.
Año 711 d. C.: las tropas musulmanas desembarcan por primera vez en el sur de la península Ibérica con un afán imparable de conquista que hasta el momento no ha conocido rival. Sorprendido mientras luchaba en el norte de su territorio, el rey visigodo Roderico debe partir para defender la provincia más meridional de un reino que se enfrenta ahora a demasiados enemigos.
A la vez que los ejércitos se preparan para la lucha y las viejas rencillas comienzan a aflorar entre los nobles godos, un religioso escoltado por una pequeña partida se dirige hacia el campo de batalla portando una reliquia que podría cambiar el curso de la contienda. Es el momento de comprobar si su poder sagrado será suficiente para hacerse con la victoria, o si, por el contrario, terminará convirtiéndose en la perdición del reino".

AUTOR GALARDONADO CON EL I PREMIO DE NOVELA HISTÓRICA DE POZUELO DE ALARCÓN. 
Jurado compuesto por Isabel San Sebastián, Antonio Pérez Henares, Almudena de Arteaga y Juan Eslava Galán.
«José Zoilo es el gran descubrimiento de la novela histórica española.»

jueves, 11 de junio de 2020

El Alano se alza con el Primer Premio de Novela Histórica de Pozuelo de Alarcón y la Asociación Escritores con la Historia

Sí, 2020 está siendo un año horrible, pero en mi caso, Attax me sigue dando alegrías. El pasado mes de febrero "El Alano", la primera de las aventuras de mi querido Attax, consiguió alzarse con el  Premio de Novela Histórica de Pozuelo de Alarcón al mejor debut nacional en este género durante el año 2019.

Además del premio, de los buenos momentos que me llevé escuchando las entretenidas Jornadas que se desarrollaron esos días, del apoyo de los vecinos y vecinas de Pozuelo y del personal del consistorio que tan amablemente me trató, para mí fue una experiencia inolvidable conocer a los miembros del Jurado, referentes muchos de ellos en mi faceta como lector, como Antonio Pérez Henares, Juan Eslava Galán, Isabel San Sebastián y Almudena de Arteaga. Como dije durante la recepción del galardón, durante años crecí leyendo sus historias, y hoy, tras haber conseguido alzarme con el premio, tengo la inmensa fortuna de formar parte de la Asociación que ellos representaban en ese momento, formada por grandísimos escritores nacionales. Aquí tenéis el enlace a la web de la entidad, así como la a la noticia del Premio. 


Otro sueño cumplido, otro pasito más.

lunes, 8 de abril de 2019

Una nueva andadura para "Las Cenizas de Hispania"

Una nueva andadura para Las Cenizas de Hispania
Imagen de Jonas Fehre (pixabay)

Un nuevo camino se abre para Attax, uno que desde luego no imaginaba en el momento en el que me puse por primera vez frente al ordenador hace ocho años, dispuesto a intentar escribir mi primera novela tras un año de exhaustivo trabajo de documentación.

Hoy no tengo palabras suficientes para expresar lo feliz e ilusionado que estoy de que una editorial tan importante como Ediciones B, del Grupo Penguin Random House, se haya fijado en las aventuras y desventuras de mi querido alano. La misma editorial de la que durante años he comprado una novela tras otra, desde Los Tres Mosqueteros de Alexandre Dumas, hasta El faro de Alejandría de Gillian Bradshaw. Autores internacionales que marcaron mi adolescencia, como Gisbert Haefs o Lindsay Davis, pero también con la aportación de nacionales de reconocida valía, clásicos desde mi época de adolescente como José Luis Corral o Jesús Maeso de la Torre, y otros como Santiago Posteguillo, Sebastián Roa o Carlos Auresanz.

De esta manera, este próximo 11 de abril verá la luz "El Alano", bajo la exquisita edición de Ediciones B. ¿Ya os he enseñado qué portada más espectacular se han marcado? Ni en mis más ambiciosas ensoñaciones se me habría podido ocurrir una mejor.

Portada El Alano

A esta primera novela le seguirán las demás. En los próximos meses la serie entera verá la luz bajo el mismo sello. Al lanzamiento de "Niebla y Acero", que será publicada en el mes de mayo, le seguirá el de "El Dux del fin del mundo", novela que pone fin a las andanzas de Attax y a la que guardo especial cariño. Reconozco que es la novela con la que más he disfrutado mientras la escribía, lo que creo ha conseguido dar el broche que se merece a la vida de un personaje tan especial para mí como Attax

Échale un vistazo al inicio de El Alano en megustaleer.com

No quiero terminar este post sin agradecer a mi editora, Lucía Luengo, el haberle dado una oportunidad a esta historia; y a todos los profesionales que han trabajado para que llegue a vosotros de la mejor manera posible, y que me han hecho sentir perfectamente respaldado en esta nueva andadura.

Y también gracias a todos, a los antiguos y a los nuevos lectores; espero sinceramente que las disfrutéis.

¡Nos vemos en las librerías (o en vuestro dispositivo digital) a partir del 11 de abril!


miércoles, 16 de mayo de 2018

¿Cuándo está preparado un novelista para lanzarse a escribir un relato histórico?



Esto de escribir novela histórica tiene un riesgo añadido (o un valor, según se mire), y es ser fiel, en lo posible, a lo sucedido en épocas pasadas, así como a los comportamientos y relaciones de quienes vivían en ese entonces.

En este punto, hago un inciso para plantear un tema que lleva rondándome por la cabeza en las últimas semanas. Generalmente damos (me incluyo) poca importancia a las muertes por causas naturales que debieran sucederse en nuestras novelas (históricas). Estamos hablando de hombres y mujeres que vivieron hace cientos, miles de años, cuando la esperanza de vida del ser humano era muchísimo menor. No era extraño que una simple gripe acabara con la vida de muchos de ellos, y qué decir de la aparición de tumores, sin necesidad de referirnos a los dramáticos períodos en los que la peste (negra, u otras) asolaban poblaciones completas. Pues sí, una simple infección de muelas podría provocar la muerte de un tipo de más de cien kilos, que hubiera matado a incontables enemigos. Es algo que a veces olvidamos. Pero claro, es mucho mejor que el personaje muera en el desarrollo de una batalla (yo mismo soy culpable, lo reconozco), además, de que con una época tan violenta y pródiga en combates, no está la cosa como para ir liquidando personajes por causas naturales... Definitivamente no, pero no es cuestión de perder este hecho de vista. ¿Conoces novelas en las que las muertes por causas naturales cambien el hilo de la historia? ¿Qué te parecen estos giros desde el punto de vista de lector?

De modo más general, hoy quiero lanzar una pregunta, a la que yo, por mi parte, voy a tratar de responder según mi propia experiencia ¿Cuándo está preparado un novelista para lanzarse a escribir un relato histórico? 

Pues dependerá de varios factores, lógicamente. En primer lugar, del conocimiento previo que se tenga de la época/sociedad objetivo. Muchos nos somos historiadores ni tenemos formación académica al respecto (pero de problemas medioambientales, ecología de las especies y otros aspectos agronómicos te puedo hablar un buen rato sin siquiera proponérmelo), por lo que tendremos que hacer un esfuerzo aún mayor en este primer momento. Además, esta fase de documentación también dependerá del nivel de concreción al que queramos llegar, el que queramos transmitir al lector, del que depende, desde mi punto de vista, la credibilidad de la novela. No podemos quedarnos con un simple barniz de cómo era la sociedad, en qué consistían y cómo resolvían sus conflictos, de las creencias que atesoraban, etc., si queremos que sea el lector el que crea sumergirse en la misma. 

Hablaré de uno de los casos en los que me he embarcado: Las Cenizas de Hispania. Partiendo de que es una época que siempre me ha fascinado, y de la que había leído múltiples ensayos a lo largo de mi vida (es lo que tiene tener hobbies tan raros como la historia), me llevó un año entero sentirme preparado para comenzar. Durante el mismo, no solo me desplacé a algunos de los escenarios en los que discurren las novelas, sino que también terminé comprando (y leyendo, claro :)) cuantos ensayos al respecto se habían publicado en los últimos años. Vale, ya había leído mucho, me gustaba, pero el conocimiento de la historia cambia a medida que los profesionales encuentran nuevos hallazgos que son capaces de refutar teorías previas. No es lo mismo quedarte con las fuentes clásicas (si las hubiera), en las afirmaciones de Edward Gibbon, en el siglo XVIII (excepcionales para su época y los avances técnicos existentes), o en los últimos trabajos de los profesionales más prestigiosos, como en el caso de la Hispania Tardoantigua, puede ser Javier Arce. Es necesario actualizarse, contrastar fuentes (y conocimientos previos con los recién adquiridos) para, por último, con todas ellas, elegir una senda por la que avanzar, aunque dentro de unos años esta pueda resultar equivocada. ¿Por qué digo esto? Pues porque en los últimos años hemos asistido a múltiples (e interesantes) descubrimientos que han venido a suponer verdaderos vuelcos en la interpretación de la historia de nuestro entorno. ¿Quién iba a pensar que en la Región de Murcia, por ejemplo, iba a aparecer un complejo urbanístico como la Bastida, muy superior en tamaño, y con una técnica constructiva infinitamente más compleja que la de las ciudades griegas de la época? Siempre hemos partido de la base de que las primeras ciudades, como tales, de Europa, habían sido las griegas. Por poner un ejemplo, todo el mundo pensaría que Troya (o Micenas), por ejemplo, era la mayor y más majestuosa ciudad en el momento en el que transcurre la Iliada, a finales del segundo milenio antes de Cristo, pero resulta que mil años atrás, una serie de muros ciclópeos ya protegían La Bastida. ¿De qué, o de quién? Pues eso, todavía, está por ver.

En definitiva: según mi punto de vista, la documentación debe ser profunda, y abarcar tanto las fuentes clásicas como referentes más modernos, así como tener en cuenta los hallazgos arqueológicos. Resulta complicado encontrar un punto de equilibrio que no prolongue el proceso hasta el infinito (como  en ocasiones llegamos a pensar), así que también deberemos asumir que no podemos aspirar a la perfección, así como que el próximo descubrimiento asombroso puede desbaratar hasta las teorías en apariencia más firmes. Y, encima de todo este entramado, hilar una buena historia. ¿Te atreves a intentarlo? ¿Cuánto tiempo estimarías necesario para afrontar un proyecto así?

lunes, 23 de abril de 2018

Costumbres "bárbaras" que "amenizan" una novela

Las civilizaciones antiguas dan mucho juego a la hora de enhebrar una historia. No pocas novelas de fantasía han recurrido a hechos reales para ambientar sus propios escenarios, o para introducir algunos aspectos o costumbres. Pero hoy no quiero hablar del Muro de Adriano de Jon Snow, o de otros tantos ejemplos existentes en la literatura actual, sino de algunos pequeños detalles históricos que suelen darle "vidilla" a una novela, consiguiendo hacer partícipe al lector de alguna costumbre pasada que, desde nuestra perspectiva, nos resulte curiosa, interesante o nos produzca repulsa, logrando sorprendernos e implicarnos más en la lectura. Tampoco voy a hablar de cómo se levantaban las catedrales góticas ("Los pilares de la tierra", de Ken Follet), o de cómo los romanos construían puentes ("Los asesinos del emperador", de Santiago Posteguillo), ni de cómo era el proceso mediante el que se obtenía la púrpura ("La búsqueda de la púrpura", de Frank Slaughter), o de cómo se fabricaba una buena cerámica ática ("El asesinato de Sócrates", Marcos Chicot), por ejemplo; no, hoy quiero hablar de aquellos pequeños episodios que, sin resultar definitivos en la historia, sí que son capaces de hacer que el lector los recuerde con el paso del tiempo. Lo que podríamos llamar auténticas "barbaridades" a prueba de la mentalidad del siglo XXI.

Todo esto se me ocurrió al terminar una novela que acabo de comprar, y a la que acabo de adelantar en mi cola de lecturas pendientes. No suelo hacerlo, pero en este caso se trataba de una serie, y justo me faltaba este volumen. Se trata de "Los Demonios del Mar", de José Javier Esparza y, con semejante nombre, trata de vikingos. Vikingos que realizan incursiones en la península ibérica en el siglo IX, aunque ellos en sí no sean los protagonistas. Lo que me llamó la atención, para quien lo lea, es que al principio de la novela, uno de los personajes hispanos asiste asqueado y horrorizado al castigo que el jarl vikingo de turno reserva a uno de sus enemigos: el águila de sangre. Un verdadero horror, ciertamente, del que ya había tenido una meticulosa descripción (creo que aún más impactante y desagradable) en la novela "Mar de lobos", de Robert Low. Para el que  no lo sepa, se lo cuento muy por encima (y sin mucho detalle truculento) a continuación:

- El águila de sangre era un método de ejecución mencionado en algunas sagas nórdicas, aunque los historiadores no terminan de ponerse de acuerdo sobre su veracidad. Podríamos decir que además de acabar con la vida de la pobre víctima, de paso, la sometían a una tortura salvaje. En este caso, se realizaban varias incisiones en la espalda del condenado (vivo), desde las que partían y sacaban sus costillas al exterior, para a continuación hacer lo mismo con los pulmones, dejándolos allí, colgando a la espalda del desventurado.

Ni que decir tiene que semejante castigo inhumano conseguía justamente lo que los vikingos que lo quienes lo aplicaban, deseaban: asustar a sus enemigos y sembrar el pánico entre aquellos que tuvieran la desgracia de toparse en su camino. Que cuando los extranjeros vieran la proa de aquellos barcos ya supieran lo que se les venía encima y que, si alguno era tan osado como para hacerles frente, lo hiciera ya con el miedo fuertemente asido a sus entrañas.

Impedimenta vikinga
Pero no solo los vikingos utilizaron este tipo de treta a lo largo de la historia, tan impactante si la encuentras novelada; otros pueblos de la antigüedad ya lo hacían, y su aparición en la ficción también suele quedar impregnada en la retina de quien las lee. Aunque existen muchos, ahora mismo se me ocurren unos pocos ejemplos.

- Celtas: siempre se ha escuchado que los celtas eran aficionados, entre otras cosas, a cortar las cabezas de sus enemigos. Y sí, lo harían, pero ni tan siquiera resultaba una costumbre muy original; algunos pueblos íberos también parecían hacerlo, amén de otras muchas civilizaciones. Pero vamos a detenernos un poco con estos dos casos. En el primero, numerosos autores clásicos citan a esta costumbre como parte de un ritual bélico ejecutado por los guerreros celtas. Su motivación era que creían que en la cabeza residía el espíritu del caído, y, de esa manera, se apropiaban de su espíritu incluso en la muerte, impidiendo que aquel cruzara hacia el más allá (los celtas tenían que estar "de cuerpo completo" o, al menos, como en el momento de la muerte, para pasar a su "otra vida"), obligándolo así a servir a su vencedor para la eternidad.

También, en el caso de algunos pueblos íberos, como se ha podido constatar en el poblado fortificado de Ullastret, los guerreros de este antiguo pueblo asentado en la vertiente mediterránea española antes de la llegada de Roma, cortaban las cabezas de sus enemigos y se las llevaban con ellos a sus hogares. En este caso, las exhibían empaladas en picas en diferentes lugares, desde los que intimidar a sus posibles enemigos y glorificar así a sus guerreros.

Yacimiento arqueológico de Ullastret
Y ahora que lo pienso, tengo un recuerdo de "cabezas expuestas en los rostra" que me marcó cuando leí los primeros volúmenes de la serie "El primer hombre de Roma", de Colleen McCullough. No solo pueblos ajenos a Roma hacían barbaridades, no. Durante la guerra civil entre los partidarios de Cayo Mario y los de Lucio Cornelio Sila, no se andaban con chiquitas.

- Longobardos: aquí viene algo no solo aterrador, sino también "práctico". Este pueblo, denominado longobardo, o lombardo (sí, asentados posteriormente en Lombardía, a la que darían nombre), apareció en la cuenca del Mediterráneo en el siglo VI d.C. Por supuesto, su aparición en la historia coincide con el momento en el que los cronistas bizantinos dejan constancia de ellos, para su horror. Sí, los longobardos asolaron durante años la frontera noroccidental del imperio de Bizancio durante años, hasta que finalmente consiguieron su propósito de instalarse en su interior. El norte de los Balcanes conoció la fiereza de este pueblo, y el miedo a su llegada hizo que muchos hombres y mujeres temblaran al escuchar su nombre. Entre otras lindezas, resulta que los longobardos no solo cortaban las cabezas de sus enemigos y se las llevaban a casa; no, eso estaba muy visto (¡hacía más de mil años que celtas e íberos ya lo hacían!). Una vez con la cabeza cercenada en su poder, procedían a desprender la carne del hueso, para quedarse finalmente con el cráneo. Un cráneo que no pasaba a decorar ninguna estantería ni aparecía ensartado en palo alguno. No, se le aserraba la "tapa de los sesos" y se convertía en una macabra taza en la que los jefes brindaban por una nueva victoria.

- Celtas (britanos): vamos nuevamente con los celtas "sostenibles", aquellos antepasados que cuidaban de robles y vivían en comunidad con su entorno, pero que tenían ciertos problemas en su relación con sus semejantes. Los celtas de Britannia, en el momento de la llegada de los romanos, tenían otra costumbre macabra que, lógicamente, produjo la repulsa Julio César, y del resto de legados que terminaron consiguiendo la conquista de la isla generaciones después. Esta consistía en sacrificar hombres y mujeres vivos, pero no de cualquier manera. No, metían sus enemigos en el interior de unos enormes muñecos, cuya estructura previamente habían elaborado a base de mimbre, y a los que posteriormente prendían fuego. Por supuesto, era un druida quien debía oficiar tal sacrificio. Así, los romanos tuvieron cierta fijación en esos sacerdotes durante la conquista, persiguiéndolos hasta acabar con todos ellos (o eso creían). Si quieres leer la descripción de uno de estos "hombres de mimbre", te recomiendo los cuatro primeros libros de la serie de Cato y Marco, de Simon Scarrow.

Recreación posterior de un "hombre de mimbre"
- Y como bonus extra, sirvan los romanos, que siempre iban un paso por delante. ¿Que es aún mejor que atemorizar a tus enemigos? Pues que sean tus propios hombres los que no se planteen la posibilidad de no obedecer. Hablamos de la decimatio, o diezmar a las unidades. En este autocastigo, utilizado en muy pocas ocasiones a lo largo de la historia, la legión designada por su cobardía o mal desempeño en la batalla, era dividida en grupos de diez hombres (sus propias unidades, hombres que convivían a diario) y, entre ellos, se realizaba un macabro sorteo. Quien resultaba "agraciado" debía ser golpeado con palos por sus compañeros hasta morir. Al igual que en el caso de las "cabezas en los rostra", puedes leer algo al respecto en la serie de "El primer hombre de Roma".

Menuda saga más espectacular. Con esta, empezó todo ;)
Pues con el cuerpo encogido tras tanto castigo inhumano, ya no se me ocurren otros que puedan entrar en este top de "barbaridades" desagradables con las que amedrentar a tus enemigos, y amenizar una novela, pero seguro que hay muchas más. Lo que no sé, es si prefiero no conocerlas.

PD. Feliz día del libro, ¿qué vas a leer?

lunes, 9 de abril de 2018

Inspiración vikinga: una exposición y muchas novelas




Este pasado fin de semana visité una exposición itinerante denominada: "Vikingos. Guerreros del norte. Gigantes del mar". Una muestra que, gracias a la intervención de la Fundación CajaCanarias, llegó nada más y nada menos que a Santa Cruz de Tenerife, un lugar tan distante al que ni tan siquiera los vikingos de aquella época lograron acceder.

Como no podía ser de otra manera, disfruté de lo lindo, así como también lo hicieron todos los chavales a los que escuchaba durante el recorrido hablando entusiasmados sobre cuanto veían. Que si aquellos individuos debían de ser enormes, los más fuertes, los más salvajes... Espadas, hachas, cotas de malla. Sin embargo, nada parecían decirles las pequeñas figurillas votivas, los peines de hueso, las herramientas de hierro, fíbulas y torques de plata. No, los vikingos tienen que ser fuertes, salvajes y, todo el mundo sabe que... ¿tienen cuernos? No pude evitarlo, no, por supuesto que no tenían cuernos en sus cascos, vaya asunto más estúpido e incómodo hubiera sido. Y eran guerreros, pero también eran agricultores, herreros, comerciantes; hombres y mujeres atados a una tierra pobre en recursos, pero que no se resignaban a su suerte. Pero no era mi intención hablar de cuernos, como tampoco de si eran hombres y mujeres enormes como muchas veces se ha dicho, o más bien eran bajitos, pues en aquel entonces, en aquellas latitudes, la agricultura no podía compararse en productividad y variedad a la de otros lugares más al sur. No, definitivamente hoy no quiero abrir un debate acerca de este pueblo tan sugerente, pero sí me apetece compartir un recorrido novelístico sobre sus hazañas, en base a aquellas novelas que he leído, y que han acudido a mi memoria estos días.

Equipaje ideal para irse a hacer el vikingo una temporada
Creo que se me ha ocurrido una buena idea para dividir las novelas, no en períodos, sino aprovechando la idiosincrasia propia de esta cultura, según el destino de sus viajes. Como anunciaba la exposición (asunto que hacía las delicias de los niños, al imaginar a aquellos dragones aterrorizando a quien encontraban a su paso), lo que hoy conocemos como pueblos vikingos eran grandes navegantes, que, llegado el momento, comenzaron a explorar más allá de sus tierras en busca de tierras, alimentos, ganado, comida y riquezas. Nada que no hubieran inventado antes, por ejemplo, anglos y sajones, pero también vándalos o suevos. Pero en el caso que hoy nos ocupa, los vikingos se amparaban en su gran espíritu navegante y explorador, aspecto que ninguno de los otros pueblos poseía en su momento. Estos guerreros vikingos, a bordo de sus naves de guerra, ideales para remontar los ríos, dejándose guiar por la posición de las estrellas, por la dirección de los vientos y el vuelo de las aves, se lanzaron al descubrimiento del mundo que les rodeaba a partir del siglo VIII d.C. Y a partir de ese momento, podemos aventurar que cuatro fueron las grandes direcciones que tomaron, y aquí, van algunas recomendaciones novelísticas al respecto. Comencemos:

1-. Hacia el "oeste cercano": islas británicas y norte de Francia.

Por supuesto, que gran parte de los novelistas que lea sean angloparlantes, conlleva que haya leído más libros acerca de este primer destino que del resto. 

A partir de finales del siglo VIII (y algunos lo recordarán por la serie de la BBC, Vikingos), los pueblos daneses comienzan a llegar a las islas británicas. En concreto, el primer lugar que pisan (saquean e incendian, como no podía ser de otra manera) es el monasterio de Lindisfarne, en la costa de Northumbria. Tras este primer episodio, y durante otros dos siglos, no dejarán de llegar a las costas británicas embarcaciones cargadas de guerreros, pero también de familias danesas, principalmente, como también frisonas e incluso noruegas, que terminarán conformando sus propios reinos en tierra inglesa. Si quieres leer una buena novela sobre este hecho, lo tuyo es la serie de "Sajones, vikingos y normandos", del gran Bernard Cornwell.

Pero también al otro lado del canal de la Mancha se dejó sentir la presencia de estos personajes del norte. Normandía pasará entonces a convertirse en una nueva Dinamarca, y ya a mediados del siglo XI, será el Duque Guillermo quien finalmente conquiste las tierras que pertenecieran a los descendientes de Eduardo de Wessex. Si estás interesado en este período, entonces debes leer la serie de Rebecca Gabblé con los títulos "El último reino" y "El traductor del rey", o la novela "El último rey inglés", de Julian Rathbone.

Un detalle del "Tapiz de Bayeaux", en el que se cuenta la conquista normanda de Inglaterra.
Pero no solo de la conquista danesa de Britannia tenemos que hablar si nos referimos a la influencia vikinga en las islas británicas. Irlanda, la Hibernia romana, también sufrió el acoso de los dragones llegados del mar. Sin ir más lejos, su capital, Dublín, debe su fundación a un enclave vikingo (en este caso probablemente noruego) llamado en su momento Dyfflin. La saga "Vikingos", de James L. Nelson, puede ser una buena opción si quieres adentrarte en la Irlanda vikinga, así como "Príncipes de Irlanda", de Edward Rutherfurd.

2-. Hacia el noroeste, y más allá: el frío, lejano e inacabable noroeste.

Sí, a partir de esa época comienzan a asentarse colonias vikingas más allá de las islas británicas; las que hasta entonces parecían haber marcado el límite de la tierra conocida en la edad antigua. Las islas Orcadas, Feroe, Shetlands y un numeroso grupo de islitas situadas al norte y oeste de Escocia fueron colonizadas por estos hombres y mujeres en su largo peregrinar. Pero incluso fueron más allá. Se asentaron en Islandia en el siglo IX, pero también en Groenlandia un siglo más tarde e, incluso, parecen haber llegado hasta el continente americano, hasta la isla de Terranova.

Algunas novelas interesantes ambientadas "en parte" en estos, son: "Assur", de Francisco Narla o "Erik el Rojo", de Manuel Velasco.

3-. Al sur, y más allá: la península ibérica y el Mediterráneo.

Pues en el siglo IX llegan por primera vez las embarcaciones vikingas hasta la península ibérica. Como surgidas de las peores pesadillas de nuestros antepasados, las tripulaciones de daneses aparecen en el horizonte para pasar a sangre y fuego cuanto pueden, hasta que son rechazadas por los ejércitos asturianos, navarros y andalusíes (aquí no se salvó nadie...). Santiago de Compostela, Lisboa, Pamplona o Sevilla, esta última de forma brutal e inesperada, fueron algunas de la ciudades que conocieron la fama de salvajes que poseían estos guerreros. Pero lejos de darse por satisfechos, los navegantes vikingos no se detuvieron en la península, sino que se aventuraron en el Mediterráneo. Así, mercenarios normandos llegaron a tomar posesión de la isla de Sicilia, creando su reino propio que se mantendría durante un siglo.

Novelas que no te puedes perder: "Los demonios del mar", de José Javier Esparza, o, "Al-Gazal, el viajero de los dos orientes", de José Luis Maeso de la Torre.

4-. Al sureste y más allá, aunque no haya mar que atravesar: Kiev y Bizancio.

Los llamados vikingos orientales, principalmente de origen sueco t establecidos en la actual Suecia, pero también en Finlandia, Livonia y otras regiones bálticas, al contrario que sus "parientes" daneses y noruegos, cuyas costas abrían al mar del norte, decidieron llevar a cabo su propia exploración en sentido contrario. Se trata de una epopeya vikinga quizás menos menos conocida, pero igual de interesante, quizás incluso más por lo exótica que resulta su presencia en un mundo tan lejano y diferente a su cultura como el imperio bizantino y el mundo árabe. Los guerreros vikingos, bien pertrechados para el combate, fieros y ávidos de riqueza, se hicieron un nombre entre los nobles rusos de Novgorod, en su capital de Kiev, a la que acudían en calidad de mercenarios (cuando no directamente como enemigos) de los dirigentes locales para luchar en su nombre. Tal fue su renombre y su audacia, que continuaron su camino hacia el sur, hasta llegar a la propia Constantinopla. Allí, desde finales del siglo X y hasta la caída de la ciudad a manos de los turcos, constituyeron una de las tropas de élite más reconocidas a lo largo de la historia militar: la guardia varega. Guardia personal del Basileus, escogida entre los escandinavos llegados hasta el imperio bizantino que además de salvaguardar la vida del dirigente, servían como infantería pesada en las batallas que asolaban Asia Menor y los Balcanes. Eran hombres temibles, de aspecto exótico para los orientales, que hicieron cuanto quisieron en la corte imperial, disfrutando de una vida soñada para alguien como ellos: bebían sin medida, provocaban altercados, recibían una paga extraordinaria, y luchaban sin mesura. Tal fue su privilegiado estatus, que incluso nobles de diferentes partes de Escandinavia emprendían el largo camino hasta Constantinopla para alistarse en esta tropa unos cuantos años, antes de regresar a su hogar habiendo amasado una gran fortuna.

Y con todos ustedes, la Guardia Varega.
Si este es tu viaje vikingo, no dejes de leer la serie escrita por Robert Low, que comienza con su novela "El camino de las ballenas".

¿Y tú, conoces alguna otra novela "vikinga" interesante?

No olvides tu martillo de Thor antes de escoger la ruta preferida, y que tengas felices lecturas.